Lo que hoy confirmó el contralor César Aguilar Surichaqui no debería sorprender a nadie. En realidad es la confirmación de algo que ya se venía advirtiendo hace tiempo: el problema no apareció de la nada, simplemente nadie quiso escucharlo.
Durante su visita al abandonado Colegio Politécnico Nacional del Santa, obra valorizada en más de 52 millones de soles, el contralor fue directo: el estudio de suelos no fue el adecuado. Traducido al lenguaje simple: el piso era malo.
El detalle incómodo es que esa advertencia no es nueva. El ingeniero geotecnista chimbotano Jorge Morillo Trujillo ya lo había señalado con claridad técnica, explicando que el terreno no correspondía a un suelo firme (S1) sino a uno más blando (S2), además de cuestionar que los estudios no alcanzaron la profundidad requerida y que tampoco se realizó un análisis geofísico completo.
Pero claro, en el maravilloso mundo de las obras públicas, las advertencias técnicas suelen tener menos eco que una ceremonia de colocación de primera piedra.
¿El resultado? Una obra paralizada desde el 13 de marzo, pilotes que no ingresan como deberían, riesgos estructurales en caso de sismo y la posibilidad nada simpática de sobrecostos millonarios.
Mientras tanto, los estudiantes siguen esperando su colegio y el proyecto queda atrapado en ese limbo tan conocido de la burocracia: cuando todo estaba bien para empezar la obra, pero de pronto nadie sabe cómo ocurrió el desastre.
Ahora la Contraloría General de la República del Perú habla de control preventivo y de buscar la reactivación del proyecto. Bien por eso. Pero la pregunta que flota en el ambiente sigue siendo incómoda:
¿Era necesario gastar millones y paralizar una obra para recién escuchar lo que los técnicos ya habían advertido?
Porque al final, el problema no fue solo el suelo.
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