La crisis hídrica en Áncash ya no es una amenaza lejana ni una advertencia reservada para los especialistas. Hoy comienza a mostrar señales concretas y preocupantes. Mientras el país observa con atención los posibles efectos de un nuevo fenómeno de El Niño y las alteraciones provocadas por el cambio climático, en la Cordillera Blanca ocurre un fenómeno que podría agravar aún más la situación: las intensas heladas están congelando el agua en las zonas altoandinas y reduciendo el aporte hídrico que alimenta al río Santa.
En entrevista con el dirigente agrario Leonor Martín Ames, se plantea una realidad que obliga a mirar más allá de la coyuntura política y centrarse en un problema de supervivencia regional. Según explica, las temperaturas bajo cero registradas en los últimos días en el Callejón de Huaylas no solo afectan cultivos como el maíz choclero, sino que también ralentizan o detienen temporalmente los procesos de desglaciación que alimentan los ríos y quebradas de la cuenca del Santa.
El resultado es evidente: menos agua discurriendo hacia la costa en una época en la que normalmente no debería existir una reducción tan marcada de los caudales.
Una señal de alerta antes del estiaje
Lo más preocupante es que esta situación se presenta antes del período tradicional de estiaje. Si las heladas persisten durante semanas o meses, el caudal del río Santa podría disminuir abruptamente, generando restricciones para el riego agrícola, el abastecimiento poblacional y los proyectos de irrigación que dependen de esta fuente hídrica.
La advertencia no busca alarmar, sino llamar la atención sobre una realidad que el cambio climático viene acelerando. Durante décadas se habló de la pérdida progresiva de los glaciares andinos. Hoy el escenario se vuelve más complejo: no solo desaparecen los nevados, sino que las alteraciones extremas de temperatura modifican los ciclos naturales del agua, provocando comportamientos cada vez más impredecibles.
El gran ausente: la infraestructura de almacenamiento
Martín Ames recuerda que desde hace años diversos sectores técnicos y agrarios propusieron proyectos de represamiento en las cabeceras de cuenca del río Santa. Iniciativas como Recreta o los reservorios proyectados en diferentes quebradas buscaban almacenar millones de metros cúbicos de agua para enfrentar precisamente escenarios como el actual.
Sin embargo, la falta de continuidad política, la burocracia y la ausencia de visión estratégica impidieron que estas obras se concretaran.
Hoy, cuando los efectos del cambio climático son cada vez más visibles, la región enfrenta la paradoja de poseer una de las cuencas más importantes del país, pero carecer de la infraestructura suficiente para garantizar seguridad hídrica a largo plazo.
Agua: el nuevo eje de conflicto
La entrevista también deja una reflexión de fondo. El agua se perfila como uno de los recursos más disputados del siglo XXI. Las tensiones entre usuarios, proyectos de irrigación, ciudades y actividades económicas serán cada vez más frecuentes si no existe una gestión integral de las cuencas.
Por ello, el debate ya no debe limitarse a quién recibe más agua, sino a cómo conservarla, almacenarla y administrarla en un contexto climático radicalmente distinto al de hace treinta o cuarenta años.
Una decisión que no puede seguir postergándose
La reducción de caudales en el río Santa, el avance de las heladas en la sierra ancashina, la pérdida de glaciares y la posibilidad de eventos climáticos extremos configuran una tormenta perfecta para la agricultura y el desarrollo regional.
Áncash enfrenta una decisión histórica: continuar reaccionando a las emergencias o invertir de manera decidida en grandes proyectos de almacenamiento, gestión de cuencas y adaptación climática.
La naturaleza ya está enviando señales inequívocas. Ignorarlas sería condenar a las futuras generaciones a convivir con una escasez de agua que hoy todavía puede prevenirse, pero que mañana podría convertirse en una crisis irreversible.



