En el llamado “Paraíso” —que de celestial solo tiene el nombre—, dos facciones de posesionarios vuelven a protagonizar la misma novela agraria de siempre: los unos retirando los sifones, los otros defendiéndolos, y al fondo, Chinecas y el ALA mirando como si el problema fuera ajeno o parte del paisaje.
La historia no cambia porque los actores tampoco cambian. Los funcionarios sempiternos, esos que coleccionan años en el cargo como medallas al desgano, siguen practicando su deporte favorito: hacerse los avestruces. Mientras tanto, el agua se convierte en botín de unos cuantos “dirigentillos” que, entre gritos y amenazas, han liberado las tomas y el canal mayor como si fueran su chacra personal.
El tráfico del agua ya no es rumor, es rutina. Y en medio de ese desorden, los verdaderos agricultores —los que trabajan la tierra— solo miran cómo la burocracia se esconde y la autoridad se evapora.
Así va Chinecas, el proyecto que alguna vez soñó con desarrollo y hoy parece especializarse en convertir los conflictos en costumbre.




