La tragedia hidráulica de nunca acabar. Mientras los agricultores ruegan por agua en algunos sectores, en otros la reparten gratis por las pistas como si fuera parque acuático municipal. Porque claro, administrar el recurso hídrico en el Valle Viejo parece competencia de improvisación olímpica.
Vecinos de La Unión explotaron de indignación tras el desborde de un canal de regadío entre la avenida Jorge Chávez y la calle Manco Cápac, convirtiendo la vía en una mezcla de río, lodazal y pista de patinaje nocturno. Peatones haciendo equilibrio, mototaxis esquivando lagunas y conductores rezando para no quedarse varados. Una belleza de gestión, realmente.
Los afectados cuestionaron duramente a la Junta de Usuarios por la falta de control y reacción frente al desborde, mientras exigen la intervención inmediata de las autoridades. Porque una cosa es regar chacras y otra muy distinta regar avenidas enteras a medianoche como si el valle estuviera ensayando para convertirse en Venecia tropical.
El problema ya no es solo el desperdicio de agua. Es el desorden, la negligencia y la sensación de que nadie supervisa nada hasta que media ciudad termina inundada. Y después vienen los discursos técnicos, las reuniones eternas y los comunicados llenos de palabras elegantes para explicar cómo el agua “decidió salirse”. El canal prácticamente hizo turismo urbano solo.




