Hace algunos años atrás, nuestros severos maestros, aquellos que realmente ejercieron el sacrificado apostolado de la docencia, cuando en las clases de Educación Cívica se trataba acerca de los Símbolos de la Patria, con sumo respeto y energía nos infundían los sentimientos más acendrados por el amor a nuestro suelo, al sacrificio de nuestros héroes en defensa de ella y de su bandera.
Por la trascendencia de estos valores cívicos, en el calendario tenemos instituido el Día de la Bandera, cuya festividad por su significación constituye uno de los días más importantes de celebración cívica porque entendemos que el Saludo a la Bandera es el acto más puro, más sagrado y de dignidad del
hombre en reconocimiento a quienes se inmolaron por ella en las gestas históricas en defensa de la patria y la bandera.
Los gestos heróicos no solamente están representados por los soldados que noblemente ofrendaron sus vidas, sino también por las madres que en sacrificio del amor filial ofrecieron sus hijos, porque si no iban ellos a defender la patria, quiénes lo harían?
Es por ello que el símbolo que representa la libertad y la grandeza de los pueblos es su bandera en grado superlativo, porque en ella está plasmada y sintetizada los sentimientos de dignidad y patriotismo que identifican el binomio indestructible de hombre y suelo, y que la manifestación sencilla y pulcra para honrarla es la respetuosa venia en señal de saludo.
Entonces acudiendo al mea culpa y enrostrados por nuestra inveterada costumbre de ser afectos a la fácil procacidad y lisonjeándonos por nuestras “criolladas”, haciendo de la vulgaridad una virtud, muy orondos, refiriéndonos a los actos más insignificantes de nuestros quehaceres, y en el peor gesto ordinario decimos “es un saludo a la bandera”, convirtiéndonos en verdaderos cretinos al menoscabar el Saludo a la Bandera.
Que las Fiestas Patrias sirvan para reivindicar nuestro fervor patriótico y respeto a nuestro Sagrado Símbolo, testigo silencioso de nuestras pasadas tragedias y también de los momentos gloriosos de nuestra dolorosa historia.
Donato Díaz Nieto



